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"EL DESAFÍO: FROST CONTRA NIXON", CON MICHAEL SHEEN Y FRANK LANGELLA, ANALIZA LOS PREPARATIVOS Y EL DESARROLLO DE LA ENTREVISTA TELEVISIVA A LA QUE SE SOMETIÓ EL EX-PRESIDENTE TRAS EL ESCÁNDALO DEL WATERGATE  -  Estrenada en España

En los tres años siguientes a verse obligado a dejar la Casa Blanca, Nixon permaneció en silencio. Sin embargo, en el verano de 1977, el astuto y frío ex presidente aceptó conceder una única entrevista y contestar a preguntas acerca de su mandato y del escándalo Watergate que acabó con su presidencia. Nixon sorprendió a todos al escoger a David Frost como confesor televisivo, seguro de que podría con el alegre presentador británico y se ganaría los corazones y las mentes de los estadounidenses.

El equipo de Frost no estaba seguro de que el periodista fuera capaz de llevar a Nixon adonde quería. Pero en cuanto empezaron a rodar, la batalla comenzó. ¿Podría Nixon eludir las preguntas acerca de su papel en una de las mayores vergüenzas sufridas por la nación? ¿Exigiría Frost respuestas claras del hombre que llegó al poder por ser el maestro de la evasiva? Durante la entrevista, cada uno revela sus inseguridades, personalidad e inesperadas reservas de dignidad, para llegar por fin a una asombrosa exhibición de sinceridad.

"El desafío: Frost contra Nixon" no sólo recrea la entrevista televisada, sino las semanas precedentes de negociaciones y maniobras entre los dos hombres y sus equipos, en las que se llegó a acuerdos y se revelaron secretos, hasta el momento cumbre en que ambos se sentaron ante la opinión pública. La historia que cuenta está basada en una investigación publicada en un libro por Peter Morgan.
El escritor intentó descubrir hasta qué punto el medio televisivo había afectado a la idea que se tenía de Frost y de Nixon. Le sorprendió ver hasta qué punto les cambió la televisión y cómo sabían manejar el medio.

En numerosas ocasiones, la televisión había sido la enemiga de Nixon durante su carrera, pero también había sido su gran aliada en su ascenso al poder. En septiembre de 1952, la había usado con maestría durante el “Checkers Speech”, un discurso sentimental para defenderse del escándalo ético en el que estaba metido y que casi le impidió presentarse como vicepresidente de la candidatura republicana. Se mostró austero y directo, un auténtico producto de su educación cuáquera.
A petición de Eisenhower, en marzo de 1954, el entonces vicepresidente manipuló con brillantez a los medios con su poderoso discurso durante la comisión de investigación a McCarthy, haciendo tambalear a un hombre que muchos consideraban sin tacha.

Pero la televisión no siempre fue su aliada. Los debates entre Nixon y Kennedy emitidos en 1960 marcaron el principio de una nueva era en la que los políticos podían presentar un mensaje que sería analizado por los expertos. Nixon, sudoroso y con el maquillaje corrido, fue el gran perdedor ante un JFK impecable y tranquilo. A partir de ese día, no se juzgaría a los candidatos por su experiencia, sino por su atractivo  televisivo.

Con el tiempo, Nixon acabó ganando el sillón presidencial. Desde su reunión con el presidente Nguyen Van Thieu en Vietnam del Sur, en julio de 1969, hasta la otra histórica reunión con el presidente Mao Zedong, se esforzó en ser lo más televisivo posible. Pero entonces salió a la luz el caso Watergate.
La fuerza con que la televisión atacó a Nixon pudo con los éxitos de dos mandatos. Pasaron los años y las razones que le obligaron a dimitir empezaron a olvidarse. El 9 de agosto de 1974, el ex presidente empezó a buscar a través de su representante, el legendario hollywoodiense Irving “Swifty” Lazar, la forma de recordar sus logros a sus compatriotas. Nixon estaba dispuesto a dar otra oportunidad al poderoso medio para ayudarle o traicionarle. Siempre y cuando él pusiera las condiciones y escogiera al que le parecía el oponente más débil.

David Frost empezó trabajando en la televisión como un joven cómico cuyo boyante entusiasmo equilibraba con sarcasmo los terribles acontecimientos del “falso” programa de noticias “That Was The Week That Was” (Así fue la semana que fue). La innovadora sátira fue víctima de los políticos con los que se metía ya que, durante la campaña electoral, la BBC canceló el programa por miedo a que fuera una “influencia nefasta”. A continuación, David Frost trabajó en la versión estadounidense entre 1964 y 1965.

A finales de los años sesenta encabezó “The Frost Programme”, para la ITV británica. Fue un precursor de los “juicios televisivos” que se convirtieron en un auténtico género. También representó un cambio total para el cómico. Se le empezó a considerar un entrevistador serio. Pero la atracción de la fama en Estados Unidos fue más fuerte. Entre 1969 y 1972 se convirtió en el presentador del programa “The David Frost Show”, por donde pasaron invitados de la talla de Richard Burton y los Rolling Stones. El programa acabó y no pudo encontrar trabajo en otra cadena.

Presentó otro programa de celebridades en Australia, pero deseaba volver a trabajar en Estados Unidos y que le tomaran en serio. Cuando se le ocurrió la idea de entrevistar a Richard Nixon, tuvo que convencer a varias personas de que era el hombre adecuado. Irónicamente, su reputación de “peso ligero” fue la razón por la que Nixon aceptó la serie de entrevistas.
Cuando se emitió el especial, la clase política se dio cuenta del terrible poder de un primer plano y de la presión aplicada a Nixon para hacerle confesar. A partir de ese día, ya no se usó la pequeña pantalla para mandar mensajes, sino para ofrecer un paquete “personalidad más físico”, que a menudo sustituiría un discurso serio.

El poder del medio y su influencia en la política fascinó a Peter Morgan, que lo convertiría en el tema principal de la obra teatral que escribió.
El dramaturgo era consciente de que se examinaría el medio televisivo. Tal como dice, los dos hombres tiraron los dados y se jugaron el todo por el todo. Nixon confiaba en sus formidables dotes de negociador y estadista. Frost contaba con el don de hacer hablar a la gente y revelar lo que quizá no hubieran querido. Esos dos ingredientes garantizaban un buen programa.
Las entrevistas Frost/Nixon, según el guionista James Reston, “siguen siendo el programa político más visto en la historia de la televisión”, con más de 45 millones de telespectadores. Fue la última aparición televisiva de Richard Nixon antes de su muerte en abril de 1994.

Acerca del rodaje
Frank Langella y Michael Sheen interpretan a Richard Nixon y a David Frost, respectivamente. Crearon sus papeles para el estreno londinense y volvieron a meterse en la piel de los personajes en Broadway. Frank Langella obtuvo un Tony por su encarnación del presidente. Los actores se habían familiarizado con los gestos y excentricidades de sus personajes y, todavía más importante, habían estudiado la relación que surgió entre los dos antagonistas durante sus breves encuentros televisivos.

Era muy importante que David Frost apoyara el proyecto. El periodista es el propietario de los derechos de las entrevistas y de cualquier interpretación creativa de las mismas, incluso en el escenario. Para asegurarse de que “Frost/Nixon” fuera una obra de teatro, y no una biografía autorizada, David Frost entendió que no debería ejercer control editorial sobre la obra. Sin embargo, se le pidió que asesorase los hechos en su contexto histórico. Reconoce que quedó bastante satisfecho con los resultados.

David Frost no deseaba que la historia fuera una repetición exacta de los hechos, sino que se contara con justicia. Recuerda la primera vez que vio a Michael Sheen interpretándole: “Durante los primeros 20 minutos me sentí bastante raro viendo a alguien haciendo de mí. Poco a poco empecé a pensar que no era yo, sino el personaje de Frost. Estaba más interesado en el contenido y en que se hubiera respetado dicho contenido”.

Hablando del material, el dramaturgo Peter Morgan dice: “Millones de personas en todo el mundo siguieron las entrevistas, pero el auténtico drama era la dinámica que surgió entre los dos hombres y que muy poca gente entendió. Fue una batalla entre dos mentes en la que cada uno luchaba por salvar su vida profesional y en la que solo podía haber un vencedor”.

Al director del film Ron Howard no le preocupaba que fuera inicialmente una obra de teatro; estaba convencido de que la historia podía trasladarse a otro medio. “No me preocupaba tanto abrir la historia visualmente, como hacer que sonara sincera en un mundo con el que podíamos identificarnos”.

©Universal Pictures/Cinestel.com                          29/10/2008