Álex de la Iglesia volvió a las pantallas con “La chispa de la vida”

Presentar la tragedias de una manera cómica es una de las premisas bajo las que trabaja el cineasta español Álex de la Iglesia quien en “La chispa de la vida” incursiona en uno de los problemas más graves que sufre en estos momentos España, la caída del empleo hasta cifras históricas asociado a un factor de actitud social que está muy extendido, la telebasura como método de seguimiento masivo convertida en fuente de distracción de los problemas reales.
La película goza de un descubrimiento que es bienvenido para el cine, el de su protagonista masculino José Mota, uno de los humoristas más conocidos en el panorama televisivo español y de la solvencia de la actriz mexicana Salma Hayek, una excelente profesional que denota perplejidad en el espectador por su facilidad de adaptación a cualquier tipo de personaje.
El dominio de De la Iglesia en hacer de la crueldad un chiste y en mostrar lo ridículo que tiene muchas veces la propia realidad de las personas sigue presente en esta cinta aunque en menor medida que en su anterior trabajo “Balada triste de trompeta”.
El director español vuelve a comprometerse para mostrarnos nuevamente ese “todo vale” que parece imperar en la sociedad actual bajo el concepto de que todo es mercancía, incluidas las personas.
Cómo un parado puede, sin pretenderlo, acabar vendiendo su vida en un programa televisivo sería la esencia de “La chispa de la vida”. Roberto Gómez (José Mota) lleva desesperado dos años en el paro y se cuela por error en la inauguración de un teatro romano recién restaurado.
Sin absolutamente pretenderlo queda atrapado en el centro del escenario y mientras los médicos discuten la mejor manera de sacarlo de allí, decide vender su vida al mejor postor y lograr algo de dinero con el que conseguir aliviar su situación económica junto a su esposa (Salma Hayek).
Fernando Tejero o Santiago Segura son algunos de los secundarios que aparecen en el filme, una historia escrita por el propio director con la colaboración de Randy Feldman que aborda básicamente como los medios televisivos en muchos casos se han olvidado de lo que es la ética periodística y tocan el morbo del espectador haciendo de la tragedia humana un espectáculo grotesco.




