17 Som Cinema: “La Carn”, de Joan Porcel; ¿Vida artificial o natural?

17 Som Cinema 2026 – Lleida
Lluís Garau es un joven mallorquín que crea una especie de performance inspirada en una plataforma que conecta aleatoriamente a desconocidos a través de videollamadas. Pero cuando su vida online y su vida real comienzan a entrelazarse, los límites entre lo virtual y lo tangible se difuminan, dejando una huella irreversible en su obra final: “La Carn”.
La película de Joan Porcel retrata, sin filtros, el cuerpo humano como un lugar de búsqueda y confrontación, y el espacio digital como un territorio donde el alma se desdibuja y la obsesión toma forma. Lluís, expuesto, se mueve entre el mundo real y el virtual hasta que el límite se rompe.
En la provocación a los voyeristas del protagonista del film no parece que exista una pretensión económica, sino que más bien la idea principal que aquí circula es el reflejo de un tipo de obsesión.
El relato examina profundamente cómo las redes sociales y las nuevas tecnologías aíslan a algunos individuos en sus habitaciones, transformando en su caso la percepción de la sexualidad. Y es que, en ese sentido, la obra retrata la adicción digital y la pérdida gradual de la capacidad para mantener relaciones interpersonales físicas.
Asimismo, el filme aborda la toxicidad del anonimato en internet, donde en determinados casos, el odio y la falta de empatía minan las emociones humanas hasta convertir a las personas en meros píxeles.
Aunque no busca demonizar la tecnología, la narrativa de la película invita a los espectadores a reflexionar críticamente sobre la salud de sus propios vínculos virtuales y el impacto generacional de las pantallas. Su proyección en Lleida generó tanto interesantes debates como silencios reflexivos en la sala del Screenbox, evidenciando la vigencia de un problema que cada vez se asemeja más a las consecuencias de la aparición de la inteligencia artificial.
Tras su exitoso paso por el Festival Som Cinema, donde obtuvo el Premio de Jurado del certamen del audiovisual catalán, tuvimos la oportunidad de entrevistar al director de “La Carn”, Joan Porcel, a quien en primer lugar le preguntamos si sus premisas iniciales eran explorar aspectos como el deseo y el narcisismo:
“Sí, yo creo que el deseo y la percepción de nuestra imagen era uno de los temas vehiculares y principales de la película. Pero a la vez también lo era cómo las redes sociales y las nuevas tecnologías han hecho que convirtamos la sociedad en individuos muy aislados donde cada uno tiene su habitación con sus cosas y conecta y desconecta cuando le interesa. Entonces, lo que yo quería destacar es cómo ese conjunto de cosas nos lleva a entender el consumo de los cuerpos y el consumo de la sexualidad hoy en día.
– De hecho, yo veo que el aeropuerto de Palma aparece en el film como una metáfora de la huida. Pero después vemos que el personaje viaja a Budapest, donde también sigue apantallado. De hecho, a Lluís le ocurren cosas que le están pasando a mucha gente actualmente en la sociedad.
Sí. El aeropuerto es, para los que somos de Mallorca, como yo y como Lluís, nuestro punto de conexión físico con el resto del mundo, así como lo es el ordenador en la habitación. Es el único lugar donde Lluís toma un avión y se va a hacer su performance fuera de la isla, porque dentro de la isla no se le acaba de entender como artista.

Joan Porcel, director de “La Carn”
Utilizar esta idea de los aviones, las salidas y las vueltas, y de cómo es una Mallorca de invierno alejada de los turistas, de las masas y del sol, nos servía como portal de entrada y salida a ese mundo que es la habitación de Lluís: la conexión a internet, la conexión con los desconocidos y las eternas noches que él pasa adicto, tecleando y hablando con desconocidos.
– De hecho, varias veces se ve una pecera y esto también para mí es otra metáfora más de estar como encerrado. ¿Eso fue colocado a drede?
Sí. Así como los peces están en esa pecera en la habitación de Lluís y él los va alimentando de tanto en tanto, cuando se acuerda de que tiene unos peces allí, eso es una especie de alegoría de lo que ocurre en esa habitación donde Lluís es alimentado por imágenes de unos cuerpos extraños que le producen cada vez menos dopamina y cada vez más adicción, y sin los cuales sería incapaz de hablar con nadie en el mundo. Ése es otro de los juegos que queríamos proponerle al espectador.
– ¿Crees que Lluís sería capaz de mantener ese tipo de relaciones con sus clientes en persona?
Yo creo que el personaje que encarna Lluís, si tuvo oportunidad de tener relaciones con personas físicamente, poco a poco esas opciones se van acabando porque cada vez el mundo de internet y los chats le van atrapando más hasta el punto de que es incapaz de salir de allí. Creo que también es algo que, de manera quizás menos bestia y menos visceral, nos está ocurriendo a nosotros mismos con la relación que tenemos con las redes sociales y las aplicaciones de mensajería: nos permiten conectar con el resto del mundo, pero nos quitan espacio para tener encuentros físicos con las personas que realmente nos importan.
– También la película habla de la impunidad que produce el anonimato. Ahí aparecen cierto tipo de amenazas y la dificultad para ser resueltas.
Bueno, yo cuando a los 15 años entré en un internet que era quizás menos cercado que el de hoy en día, quizás también era un internet menos malo en el sentido puro de la palabra maldad. Creo que internet poco a poco se ha convertido en un espacio donde realmente se premia el odio, las malas prácticas, el anonimato y el no dar la cara. Esa transformación ha hecho que el espacio se vuelva más tóxico.
Eso nosotros lo representamos a través de la máscara, los e-mails y esas voces que no son prácticamente humanas aunque estén tan sumamente retocadas para que no sean perceptibles. Y sobre cómo afecta esto a nosotros como seres humanos con sentimientos, en el personaje de Lluís está muy claro: le acaban minando cualquier atisbo de emoción y lo convierten en un píxel más, como ellos.
– De todas formas, el hecho de que se relacionen con alguien que no saben muy bien quién es, también es otra de las cuestiones que el film aborda. Ahí se van a relacionar con otros y quizá estén más desinhibidos si no saben quién está al otro lado.
Creo que es algo que seríamos incapaces de hacer o nos lo pensaríamos dos veces si fuera en el mundo real: establecer una relación con un desconocido y hablar a altas horas de la madrugada va en contra de cualquier consejo que un padre o una madre nos podría dar. Pero en cambio somos capaces de hacerlo a través de una pantalla, no nos importa; hemos creado unas nuevas reglas y nuevos códigos que en la película quizás se normalizan. Si hacemos una reflexión, es una de las cosas más extrañas del mundo: pasar horas hablando con desconocidos a los cuales quizás nunca veremos en persona, siendo capaces de compartir nuestros más absolutos secretos.
– Pero “La Carn” claramente nos interpela como espectadores a intentar reflexionar sobre qué tipo de relación emocional deberíamos tener con las nuevas tecnologías, ¿no es así?
Sí. No hemos querido generar un dogma con esta película: no vamos a decir si internet está bien o está mal. Evidentemente cada uno tiene una relación muy diferente con las pantallas, las aplicaciones de mensajería o el sexo online. Pero si nos puede llegar a generar una reflexión sobre nuestro propio consumo y sobre nuestra relación con las personas a través de estas plataformas, creo que será de lo más interesante: replantearnos si esa relación es sana o no.
Yo tuve la suerte de vivir una infancia libre de pantallas e internet llegó a mi vida en la adolescencia; creo que gracias a eso soy muy funcional en algunos aspectos, pero pienso en los niños que hoy en día deslizan pantallas desde bebés y se están perdiendo gran parte del mundo que les rodea. No sé si es porque todas las cosas se están poniendo peor y nos refugiamos en las pantallas como un edulcorante del mundo real o porque son sumamente adictivas; veremos cómo llegan esas generaciones más adelante y cómo se relacionan con el resto de humanos.
– No suelo hacer este tipo de preguntas, pero en este caso sí que me parece muy oportuna: ¿Qué reacción tiene el público cuando ve la película? Sobre todo porque he conocido otros casos de filmes similares donde la asistencia a salas ha ido muy bien.
Hemos tenido pases donde se ha levantado gente en la sala y a los veinte minutos ha decidido abandonar el cine, y otros donde todo el mundo se ha quedado. Lo que sí coincide en todas las proyecciones es que al final se crea un gran silencio en la sala, donde se producen miradas entre espectadores y donde la gente le está dándole vueltas a lo que acaba de ver.
Es genial poder abrir un debate, un espacio de reflexión y aportar visiones intergeneracionales, porque la reflexión del público más adulto no es la misma que la del público más joven. Es muy interesante cómo ese cruce de ideas genera interacción entre el público; no hace falta demonizar las tecnologías, pero si podemos generar una cierta reflexión, hemos cumplido con esta película.
– Tal vez cuando vimos “Her” de Spike Jonze nos impresionó mucho, pero no alcanzábamos a ver la dimensión que iba a adquirir todo esto. En tu caso, ¿esa película estadounidense te marcó de alguna manera?
Sí, evidentemente. Quizás no es una inspiración directa para “La Carn”, pero está claro que lo que nos parecía absolutamente loco —que un hombre se pudiese enamorar de lo que en aquel momento llamaban sistema operativo, pero que ahora son inteligencias artificiales— no está tan lejos de la relación que muchos jóvenes y no tan jóvenes tienen con ChatGPT o Claude, consultando prácticamente cualquier aspecto de su vida con una máquina y no con una persona real. Lo que le pasa al personaje de Lluís Garau en “La Carn” quizás en unos años sea un tipo de adicción a la orden del día.![]()
©José Luis García/Cinestel.com



























Filmo porque el cine, antes que nada, nos seduce al revelarnos lo más secreto de nosotros mismos; porque es el espacio donde podemos palpar nuestras inquietudes con mayor autenticidad, porque es el tiempo en el que esperamos que un milagro se produzca.