«El verano de los peces voladores» de Marcela Said; una acertada respuesta generacional

No es un tópico que en muchas familias acostumbra a darse un tradicional enfrentamiento de pareceres y formas de ver las cosas entre padres e hijos adolescentes con ganas de avanzar por un camino correcto, precisamente porque estos últimos, conociendo bien la manera de actuar de los padres, son en ocasiones quienes mejor pueden hacer un análisis crítico, tanto de sus virtudes y capacidades, como de sus defectos, sus carencias y sus irregularidades a partir del contraste con otras experiencias juveniles que esa etapa de construcción les permite. La ópera prima en ficción de la realizadora chilena Marcela Said nos describe una situación de confrontación de ideas dentro de una familia económicamente acomodada.
Exhibida en la Quincena de los Realizadores de Cannes este 2013, «El verano de los peces voladores» expone la llegada a su lugar de vacaciones de Manena, una chica muy decidida hija de Pancho, un rico hacendado chileno que está dedicando su periodo de asueto veraniego a una única obsesión: el exterminio de las carpas que invaden su lago.
La hija, Manena, comienza dedicando su tiempo a esas actividades que son lógicas de su edad, tiene su primera decepción en el amor y descubre un mundo que en silencio coexiste con el suyo propio: los trabajadores e indígenas mapuches reclaman el acceso a esas tierras cuyos títulos de propiedad posee su padre.
A partir de ahí, distintas situaciones se suceden que nos hacen pensar que algo malo está a punto de ocurrir mientras que Pancho continúa testarudo en su afán, sin dudar ni un solo momento en usar métodos extremos, inclusive arriesgando la vida de Pedro, su empleado indígena. La película tiene un claro contraste entre la belleza exuberante del paisaje y la actitud tan falta de nobleza del padre con una buena fotografía de uno de los profesionales chilenos más demandados y omnipresentes en una gran parte de filmes, Inti Briones, con cámara en mano en casi toda la película. De igual modo, la actuaciones son creíbles y realistas.
Pancho Ovalle es un tipo que solo da afecto como compensación de algo y que ha tomado el exterminio de las carpas como una bandera fundamental en su vida. Es curiosa la comparación de la hija que, como adolescente que es, ansía la llegada de ese día en el que pueda emanciparse definitivamente y hacerse cargo de las cosas por sí misma, teniendo un concepto del tiempo como de una larga espera, en clara contradicción con el padre que como adulto que es, parece que le está faltando tiempo para hacer alguna gesta por la que sea reconocido e incluso inmortalizado. Marcela Said nos da cuenta de que lo de eliminar las carpas es sólo un burdo pretexto por parte del personaje, cuando muy de pasada escuchamos que está especulando ante otros terratenientes con la posibilidad de mantener únicamente carpas triploides, condicionadas genéticamente para que no se puedan reproducir y así hacer negocio, que es en definitiva el único objetivo para el que parece haber nacido porque inclusive el tratamiento hacia su esposa e hija es patético tanto a nivel de afecto como de convivencia.
«El verano de los peces voladores» es una historia que se sostiene sobre varios puntos fundamentales. Uno es la equivocada concepción sobre las relaciones familiares que tiene el hacendado Pancho, que inevitablemente deriva hacia lo disfuncional, y los restantes están más diluidos entre tan densa niebla, pues ahí encontramos de manera invisible, como una subtrama importante, el conflicto por la tierra que se libra entre los mapuches y los «huincas» (blancos). A Manena su desengaño amoroso la llevará también a acercarse sin prejuicio alguno a otra cultura mientras que el enfrentamiento generacional con su progenitor se va haciendo cada ver más posible a medida que avanza el film. Un inicio prometedor de Said en la ficción tras haberse dedicado anteriormente al cine documental.
©José Luis García/Cinestel.com




























