“Lipán”, de Gonzalo Calzada; un film con el músico jujeño Tomás Lipán

Estreno en Buenos Aires
“La Plegaria del Vidente”, “Resurrección” y “Nocturna” son sólo algunas de las películas de muy buen nivel que Gonzalo Calzada dirigió en el pasado. Al este cineasta argentino le gusta experimentar con diferentes formatos y ahora nos propone una fantasía musical rodada con una combinación de Super 8 en distintas emulsiones y formato digital.
Tomás Lipán es cantor y referente fundamental del folclore del norte argentino. Nacido en Purmamarca, Jujuy, su voz se ha formado en el seno de la tradición oral, la copla y las ceremonias populares, manteniendo un vínculo profundo con el territorio y la memoria de su cultura.
La película propone un encuentro íntimo y atemporal entre Lipán y un diablo del carnaval, una presencia simbólica que abre un diálogo profundo sobre la vida. A través de canciones y relatos, emergen recuerdos de infancia y reflexiones sobre el amor, la muerte, la amistad y la fuerza ritual del carnaval.
En entrevista con Cinestel, Gonzalo Calzada enfatiza la conexión profunda entre el artista y el paisaje de Jujuy, utilizando recursos como planos simétricos y la figura de un diablo como entrevistador para borrar los límites entre la realidad y lo fantástico. Asimismo el director subraya que el cine es un proceso de evocación espiritual donde la intervención técnica transforma la realidad en un universo artístico propio.
– En tu filmografía has tocado diferentes temas y estilos, pero me parece que hay ciertas cosas en común, como la espiritualidad y ciertas formas de expresión estética. Hasta cierto punto, porque son películas muy diferentes entre sí. ¿Buscas siempre que tus películas difieran bastante unas de otras, aunque toquen temas comunes?
Mis primeras películas, como “Luisa” y “La plegaria del vidente”, fueron más que nada encargos y las considero ejercicios fílmicos para probar cosas mientras me formaba. Sin embargo, a pesar de no ser guiones propios, siento que había cuestiones en la puesta y retoques en el guion que revelaban elementos comunes.
A partir de “Resurrección”, mi tercera película, empiezo a conectar con mis cortos de estudiante y aparecen ideas persistentes. Una es el uso del fílmico como proceso estético, algo que llamé «Cinetopía» y que seguí experimentando en “Lipán”. En esta última era necesario un material con sustancia porque hablábamos de la Pachamama. Otro elemento es el límite de la realidad; me gusta cómo fuera de las grandes ciudades la división entre lo real y lo fantástico es más natural. En Jujuy, lo sobrenatural se vive con naturalidad. He trabajado esto en cortos como “Mandinga” y “Serafina”, a los que llamo «horror andino» porque me parecía un despropósito usar términos en inglés para algo tan propio. En “Lipán” confluyen estos límites que se borran y ciertos planos recurrentes, como el uso del gran angular y la simetría.
– En Lipán muestras a Tomás Lipán, una figura conocida en la música. Pensaba que es una buena película para perpetuar su figura y subrayar su importancia en un contexto donde otras manifestaciones musicales autóctonas no siempre reciben la misma relevancia que el tango. ¿Fue esa tu idea al plantear la película?
Uno busca que quede un registro de un artista que, de otra manera, solo dejaría sus discos como legado. Sentía que se le debía un formato cinematográfico, para separarlo del formato televisivo o periodístico, que es más rápido y maquillado. Tomás se quejaba de que los programas de televisión tenían poco que ver con su arte, que requiere sus propios tiempos y una conexión íntima. Respetarlo significó entender sus tiempos y su estilo.
La película aborda su intimidad para generar empatía; que sientas que su canto y su dolor son legítimos aunque no entiendas la letra. Él es como un paisaje andante y no puedes separar su figura del entorno. Por eso buscamos evitar la postal turística. Casi todos los temas que canta son poco conocidos, coplas olvidadas del norte o temas de su hermano, no los de Domingo Ríos. El registro sirve para que quienes no lo conocen conecten con él a través de su belleza, su voz y sus paisajes.
¿Qué es más cinematográfico? Para mí, primero, es respetar a quien vas a registrar. Respetarlo es poder verlo como es él y no como uno pretende que sea. Y no es que uno tenga el don de ver al otro como es, sino que, después de un largo diálogo, empieza a entender cuáles son sus tiempos, su forma, su estilo, su intimidad, porque es una película que aborda mucho la intimidad del artista.
– La película parece un homenaje a Jujuy y su música. Es una provincia que ha sufrido el abandono rural, y aunque Tomás viva en Buenos Aires, la música une a esas comunidades, algo que resaltas en las imágenes del film.
Tomás vive a caballo entre Buenos Aires y Jujuy por cuestiones de trabajo, pero nunca falta a rituales importantes como el Carnaval o Semana Santa en Tumbaya, porque es profundamente religioso. Jujuy ha crecido muchísimo como potencia turística en los últimos 25 años. Cuando filmé “Mandinga”, pueblos como Tilcara eran muy pequeños. Hoy es un punto turístico mundial, patrimonio de la humanidad, que compite incluso con la Patagonia. Mucha gente de la ciudad ha decidido irse a vivir allá buscando una movida diferente.

Gonzalo Calzada, director de “Lipán”
Antes incluso solía depender un poco de Salta, que era una provincia más desarrollada, pero hoy Jujuy se defiende por sí sola. Ha crecido mucho. De hecho, mucho citadino ha decidido ir a vivir a Jujuy y eso ha hecho que muchos pueblos pequeños crecieran voluminosamente, como Tilcara o Purmamarca, porque saben que también es un punto turístico mundial. Así como en los 60 muchos jóvenes emigraron a Bariloche o al Bolsón buscando una movida hippie, algo de eso también estuvo ocurriendo en Jujuy.
– Tomás dice que el canto es un lamento que transmite alegría, una contradicción que expresas muy bien en el film. También hablas de aparentes contradicciones religiosas y aparece una figura que complementa la presencia de Lipán. Esto va en línea con el componente espiritual de casi todas tus películas.
Me considero una persona espiritual. Mi espiritualidad es abierta y animista; en eso comulgo con casi todas las religiones. No soy un practicante católico ortodoxo, pero eso condiciona lo que hago. El cine, como todo arte, tiene un componente espiritual fuerte. No hablo necesariamente de algo metafísico, sino de poner todo lo que uno tiene en ese momento para alcanzar una especie de eternidad.
Lo que hace Tomás en el escenario o solo con su guitarra es transformar la realidad y detener el tiempo. Esa espiritualidad también consiste en reflejar lo que el paisaje muestra, generando una especie de epifanía.
La música es un paisaje que muestra la dualidad de alegría y tristeza del norte. Allá la muerte no se esconde; los cementerios son coloridos y están en la parte delantera del pueblo. Como decía el filósofo Rodolfo Kusch en «América profunda», existe un sincretismo entre lo cristiano y lo prehispánico.
En las ciudades el hombre está obsesionado con el «ser», mientras que allá la vida se sostiene sobre el «estar» en el mundo. Como dice Lipán: “Estoy donde la vida me pone, con fe”. Ésa es la forma espiritual de ver el arte y la vida que manifiesta la película.
– Tomás expresa sus sentimientos a través de la música. ¿Se sintió cómodo al ponerse delante de la cámara y expresarse con palabras?
Trabajamos primero como un juego, con la idea de que lo entrevistara un diablo. No quería un documental convencional, sino algo con elementos del norte. Ese diablo no es el malvado cristiano, totalmente fáustico, sino el diablo del carnaval o «Pujillay»: una figura divertida, juguetona, alegre y pícara. El pícaro, el arlequín, tal vez, es el que más se le acerca a esta figura distinta, que no es ni más ni menos que el génesis de la imagen del diablo, que es Dionisio, el dios del teatro, de la representación, de la ceremonia y de la pérdida de la identidad del carnaval.
Diseñamos una máscara con elementos dionisíacos que, según el montaje, parece sonreír, estar triste o ser inquisidora. Lipán se fue abriendo a ese diálogo y también se conectó con el paisaje. No es lo mismo entrevistarlo en un teatro que en la casa en ruinas donde nació. Allí la cámara desaparece para él y surge la intimidad, ya fuera en un cementerio, en las salinas o en una iglesia a 4000 metros de altura.
La amistad y el tiempo permitieron abordar preguntas más difíciles y espontáneas. Él prefirió no tener un listado de preguntas para mantener la naturalidad sobre temas como qué es la música, qué es ser niño o si se encontró alguna vez con un fantasma. Preguntas que así, de golpe, hacen que te plantees: “¿Por qué me estás preguntando esto?”. O si se estuviera frente a Dios, ¿qué le diría? Se trata de un tipo de preguntas que no son muy originales, pero que a veces no están en el repertorio clásico tampoco.
– La película está muy bien lograda técnicamente, con una gran calidad de imagen e iluminación. ¿Este tipo de historias cobran forma en el montaje o es más importante el guion?
No la considero un documental, por eso la llamamos «fantasía musical». No hubo un guion cerrado, sino una serie de ideas como la entrevista del diablo y el uso de los paisajes. Decidimos no usar material de archivo, ni fotos ni grabaciones viejas. Todo lo que aparece, aunque sonoramente remita al pasado, está filmado en el presente. Grabé imágenes en Super 8 para dar una textura añeja, pero es Tomás caminando hoy por el rancho de sus padres.
Lo mismo ocurrió con la música: grabamos todo de nuevo para no romper el hechizo visual con estéticas externas. Quería resignificar las canciones en los lugares originales: el rancho, la iglesia o las salinas.
Tengo una obsesión por presentar universos cerrados. Desconfío de la realidad y del cine realista; para mí, el cine es siempre una intervención, una evocación o un sueño vinculado al género fantástico. Y hasta me parece peligroso pensar que uno está contando la realidad; siempre está contando «una realidad», efectivamente, pero nunca es «la realidad». La cámara es un registro que no es la realidad misma, y eso debe notarse. Es un universo donde el espectador entra y se pierde.
Por lo cual, para mí, el cine siempre es una evocación, un sueño, algo que tiene que ver con el género fantástico bien entendido, que es que la misma cámara es un elemento fantástico en sí. Uno decide un recuadro, un marco. La cámara es un registro que no es la realidad en sí mismo. Y creo que eso hay que dejarlo como un hecho, un marco que se tiene que ver, que se tiene que notar: “Esto es un universo al que vas a entrar, vas a perderte en este universo y en algún momento vas a salir”. Y yo no voy a romper esa evocación, no te voy a decir: “¡Che, esto, acordate, es un documental!”. No. Nunca trabajé así; las películas no las considero así. Y sí creo que el cine es algo espiritual.
Incluso en “Luisa”, que fue una película de encargo, utilicé técnicas como el bypass de bleach para lograr una textura desgastada. Es el camino estético que he elegido y que se mantiene en casi todo lo que hago.![]()
©José Luis García/Cinestel.com
































